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De Goa y más.


Me fui de vacaciones y he vuelto de campamento. Esta semana de experiencias y sensaciones va a ser más difícil de resumir de lo que creéis, pero vamos a hacer un intento, con toda la pena que me da no poder compartirla en su cien por cien.

Salimos de noche, tras pasar de un autobús a otro en la ya acostumbrada manía de que nadie tenga nunca nada claro, y con la esperanza de dormir para llegar frescas al destino. En la surrealista parada para cenar conocimos a Matthias, alemán que habla español y estudia en Bangalore y aprovecha Diwali para huir, como nosotras, de la ciudad del ruido el caos, que dicen aumenta en esta fecha. Conocer gente blanca anima, te sientes menos sola o menos loca. Lo que une a los europeos en la India son dos preguntas básicas. La primera te la hacen: “¿y tú qué opinas de la ciudad?” La respuesta siempre se refiere a la contaminación, a la multitud, a la intranquilidad… esta vez dice en voz alta algo a lo que ninguna de nosotras había llegado antes, pese a ser muy obvio: aquí la gente no sonríe, la gente no es amable. Para un indio somos solo dinero, sólo te ven como lo que pueden sacar de ti. Lo compara él a otras culturas asiáticas (y yo a las árabes, que conozco un poco más) en las que, aunque no consigan aprovecharse, te ofrecen cercanía, no siempre ayuda, pero no te rechazan con malas miradas o cortantes palabras. No hay que generalizar, y los alumnos o los compañeros son encantadores, pero no hay alegría en la calle, no hay humanidad, quizá. La segunda pregunta es inevitable: “¿qué hago yo aquí?”, y sospechamos los tres juntos que si no pasas por ella, no lo estás viviendo del todo.

Matthias se baja antes que nosotras, no viene a la misma playa, pero intercambiamos móviles para una posible cerveza en Bangalore, que al chico se le ve perdido. Tiene que ser duro ser alemán en un país en el que el alcohol está tan mal visto.

Y llegamos a la capital de Goa. Habiendo dormido poco por las picaduras de lo que Ana interpretó como chinches (y a la vuelta nos destrozaron la existencia, hasta el punto de estar hoy rascándonos y buscando insectos como locas), bajamos del bus, esquivamos a los docientos taxis que estaban seguros de nuestro desconcierto, traspasamos la barrera de mil rickshaws haciéndonos un precio y llegamos a una estación de autobuses desordenada y tremendamente calurosa (luego sería el estado en sí lo que tenía esta característica) en la que no hay carteles, tienes que escuchar a los revisores de los treinta autobuses en línea para ver cuál de ellos está gritando el nombre de tu destino. No son discretos, así que nos aproximamos a cada uno para intentar descifrar sus chillidos, que a nosotras nos sonaban igual que los que pega el que viene a vender cocos a casa (y después diferenciaríamos claramente) y nos subimos en el que nos pareció más convincente, colocando mochilas y botellas encima de una de nosotras, porque la otra se tenía que aplastar al lado. La primera sensación que intuyo desde la ventana es la de haber llegado a una Asturias caliente: el verde es el mismo y huele igual (no como cuando hay pelotas negras gigantes, digo cuando huele bien), y aunque haya alguna palmera suelta me recuerda a los prados de campamento.

La ciudad de tránsito desde la capital hasta nuestra playa no tiene una estación de autobuses mejor, se ve que es la tónica general. Nos preguntamos cómo puede funcionar así y la realidad es que, si funciona, por qué van a cambiar. El revisor mete a cuanta más gente mejor en el bus (nos preguntamos si los buses serán privados o es amor por la causa o el roce), después se va haciendo camino para cobrar a todo el mundo, sin olvidar en ningún momento a nadie y sabiendo siempre quién ha pagado, quién no, y a dónde va cada uno, y cuando te quieres bajar da un silbidito y el bus para. El problema, sin duda, es que de los 11 sitios para ir de pie que reza un cartel al principio del bus, se llenan unos 50 (sé que tiendo a exagerar, esto no es mentira), y los baches que vamos pillando por el camino hacen de cada travesía una descarga de adrenalina comparable a la de la mejor montaña rusa.

Y nuestra playa, Anjuna, resulta ser el remanso de paz indio al que pensábamos que jamás llegaríamos. O que no existía en este país. No hay coches en las calles, si acaso alguna moto despistada con poca necesidad de pitar, y algo desértico todo, quizá por el calor terrible de la media mañana. Ni un solo atisbo de contaminación, ninguna sensación de estrés. El albergue está sorprendentemente cerca del sitio donde nos deja el autobús y, pese a que la primera noche no teníamos reserva, no nos ponen ningún problema, y estamos instaladas. Preguntamos por el mercado de las pulgas, que sólo está los miércoles, cogemos el biquini, y estamos en marcha.

Vaca en la playa
Nos guiamos por intuición y siguiendo las señales incorrectas que nos dan hasta llegar al mercado, atravesando la playa encantadas, haciendo fotos de cada vaca porque Ana las diferencia (y a mí con una me parecía suficiente…) y nos adentramos en las callecitas estrechas que surgen entre unos y otros puestos, por las que pasean infinidad de blancos curioseando y dejándose timar con gusto. Regateamos un par de vestidos para cada una, ya que aquí sí podemos lucir tirante y minifalda, y un pareo que nos sirva también de toalla (e hizo las funciones de manta, vestido, y otras numerosas aplicaciones). Disfrutamos de la primera de muchas cervezas que se encuentran en cualquier bar aquí (recordando cómo era que eso no te impactara) y pasamos a la playa. Sin saberlo, elegimos el chiringuito de moda en el que pasaríamos el resto de las noches, comimos lo mismo que encontrábamos en los menús de los indios europeos (confirmando así que allí sólo llega comida del norte) y nos tiramos en las hamacas (que son gratis mientras consumas) hasta ver el anochecer, que Ana, desde Barcelona, nunca había visto en la playa.

Y al albergue. Allí conocemos a nuestros compañeros de habitación: dos ingleses, un checo y un indio que se están preparando para salir. Nos duchamos, echamos una cerveza con ellos y nos invitan a cenar. En el restaurante (al que luego iríamos también casi todas las noches) conocemos a un chico español con su novia inglesa, otro inglés más, y un chino-holandés. Cada una de las personas con una historia apasionante, porque qué haces aquí si no la tienes. La general es que la gente, aburrida de sus trabajos o de no tenerlos, coge la mochila y se pone a recorrer mundo. Empiezan por Asia porque es lo más barato, parada en Australia para sacar algún dinero en algún trabajo, seguir hasta América y volver a Europa. Cada persona que conocimos en esa cena, o que conoceríamos luego, tiene un plan mejor al anterior, la envidia nos corroe, nos preguntamos por qué no estamos haciendo eso nosotras. Y no está tan mal, esto, porque tendemos a mirar en las vidas de los demás, pero a ellos también les parece que la nuestra es una gran historia, que también es una aventura.

Anjuna Beach
A partir del día siguiente comienza una especie de rutina maravillosa en la que nos despertamos sin estrés, desayunamos tostadas y lassi en el bar de al lado (cuyo camarero nos conoce y reverencia cuando nos ve) y dedicamos nuestro día a algo. Hemos alquilado una moto para ir a las playas del norte (con esto aclaro que sí, me estoy haciendo una temeraria y el poco miedo que me queda es a los perros), en las que los indios se quieren hacer fotos con nosotras o nos las hacen de lejos, sintiéndonos o famosas o monos en el zoo. Hemos ido a visitar la capital, volviendo a nuestro remanso de paz totalmente agobiadas por el desorden y la incapacidad de la gente de saber dónde están (y confiando más en cualquier mapa que en la buena fe de la población). Hemos cogido un tour por el sur del estado que nos ha llevado a ver más catedrales que las que vi en el interrail, algunos templos, playas atestadas de indios, museos surrealistas, una casa portuguesa que nos pareció demasiado porque la del señor Aparicio ya estuvo bien el año pasado… Hemos disfrutado de nuestra playa bajo el sol y la lluvia, sin indios esta, lo que nos ha dado un respiro. Porque sí, ni Ana ni yo hemos querido hacer cosas de turistas, siempre con la idea de que en un país tienes que mezclarte con su gente, y sospechamos estar volviéndonos un poco racistas o no haber entendido bien la cultura, pero agradecemos poder sentarnos en una silla sin querer arrancarle la cámara a todo el personal, llevar tirantes sin sentir que vas desnuda, no querer tapar tu piel para que no vean cuál es tu verdadero color, sonreír sin que se piensen que vas a comprar todo lo que tienen, poder hablar con la gente y que no signifique que quieres hacer un precio. La tranquilidad que da poder volver a ser tú sin que suponga eso un problema. Superar la exagerada diferencia que ellos mismos crean.

A partir de las seis, después de anochecer, religiosamente volvemos al albergue, nos duchamos, salimos a cenar al mismo sitio de la primera vez y bajamos al Seahorse (dedicado a mi caballito de mar, mi desequilibrada) a tomarnos las cervezas de turno. Esto con alguna variación: nos cambiaron de habitación y nuestro compañero finlandés, un friki gótico que está en la India para escribir dos libros que tiene a medias, se llevó las llaves, así que ese día tuvimos que enganchar mañana y noche. A veces los compañeros cambiaban, y se fueron el checo y el chino pero vinieron una holandesa, otra inglesa y dos canadienses con los que hicimos mucha piña y conseguimos un grupo de unos 8 que daba mucha alegría a las noches. Alguien se traía una botella de algo nuevo para animar el turno de ducha, y cuando estábamos preparados atacábamos el kebab. A veces volvíamos a casa antes, aburridos de la música trance que parece que tuvo aquí su origen y ahora, para no desilusionar a sus inventores, no pueden cambiar y llega a ser un poco rallante. Otras veces aguantábamos hasta las 4 de la mañana. Grandes momentos en ese bar, como ser atacados por el terrible monzón y ver caer los rayos sin piedad encima del mar, protegidos por un techo de bambú (y luego recorrer el camino hacia el albergue bajo la lluvia, esquivando las olas gigantes por la playa y los inevitables charcos en los que alguien dijo que había serpientes). Y la vuelta a casa por la playa, en la que siempre alguien te cuenta una historia, o vemos las velas iluminadas alrededor de todas las casas por Diwali, o me siento más lejos de todo al descubrir que aquí no se ve la Osa Mayor, o más cerca al pensar que, estemos donde estemos, siempre miramos al cielo, siempre buscamos las estrellas.


Anochecer en la playa
Las experiencias nocturnas me encantan, a pesar de lo que nos habían contado unos y otros. El bar atormenta con su música, pero no consigue acallar las olas chocando contra su balcón. Ni siquiera el relaciones públicas, una especie de Mogwli inglés que intenta motivar a la gente consiguiendo todo lo contrario, apaga la sensación de disfrutar del momento, de estar viviendo en un lugar irrepetible. Somos turistas, todos, pero no de los de verdad, no de los de hotel de cinco estrellas o de los de paseo marítimo. El hipismo no llega a ser extremo, como Isabel avisó, pero a mí me parece en el punto exacto, en el que la gente ni siquiera llega a ser consciente de su propio nivel, pero se lanzan a recorrer mundo y se hacen amigos de todos los que pasan por el camino, comparten cervezas sin saber si se van a volver a ver, cantan canciones cuando hay apagón y no se ponen fecha de llegada ni de partida. Preguntando cuándo se irían o cuál sería el próximo destino, nadie lo tiene muy claro y sólo hay una línea general de viaje, no existe ese estrés por tener que coger un tren o el interés en seguir viendo cosas, la filosofía reside en saber disfrutar, y, cuando se ha llegado al límite, seguir adelante. Esto me potencia sensaciones que ya tenía pero que crecen con la experiencia de los demás, quitándome otro miedo más. Aquellos castillos en el aire que construimos en la puerta de nuestra residencia se hacen palpables: si es tan fácil cruzar fronteras, las nuestras no se pueden quedar aquí. Hemos sobrevivido con bastante lujo gastando mucho menos de lo que esperábamos, dicen que de los países asiáticos la India es el más caro, sabemos cómo llevar una mochila al hombro, nos sabemos acompañadas en las ideas.

También me alegra poder recuperar el inglés que tenía escondido en mi cerebro, mi perfecto acento de Cambridge que, para disgusto de mi madre (no le desmintáis esto, en cualquier caso), daba lugar al intento de dialecto indio útil para la supervivencia. Me siento nostálgica desde la primera palabra de los británicos y vuelvo a ser la Anaí de los 23, con aquella personalidad desvergonzada, curiosa, cínica y graciosa que atribuía yo a la juventud y resulta salir cuando puedo dejar mi timidez aparcada en el idioma nativo y refugiarme en el que usé sin excepción durante un año entero, sin saber cuál es exactamente el que me sirve de refugio. Al final iba a ser yo la bipolar, que a nadie le extrañe.

Elefantes en el Spice Market
El día antes de irnos, la piña decidió ir de excursión al mercado de las especias, maravilloso paraje natural en el que crecen todas las plantas que luego nos comemos, una especie de paraíso, único lugar limpio del país, en el que también hay elefantes demasiado caros para nuestros bolsillos, pero a los que nos dejan hacer una foto. Cada experiencia compartida aquí se convierte en una aventura, porque estos amigos nuevos saben cómo alegrar cualquier desgracia (y eso que vamos superando con humor los obstáculos del camino) y porque podemos ver la sorpresa de unos y otros ante cualquier innovadora estrategia india. El último día, un uno de noviembre con un calor asombroso (recordando la tradición familiar y echando un poco de menos los buñuelos), y a pesar de que los caminos se separan y pocos se quedan en nuestra playa, nos da mucha pena la despedida (pienso matar al que las inventó), y como en cualquier encuentro, intercambiamos emails y abrazos, con invitaciones a los países de residencia habitual y temporal, sabiendo que los podemos volver a cruzarnos o no. La sensación es la de haber salido de un campamento cualquiera en el que has conocido gente que sabes que te va a marcar durante un tiempo, en el que nunca has llegado a estar del todo cómoda (o limpia, o sin insectos recorriéndote) pero no cambiarías por nada.

Así que sí, cada día un poco más aprendo a aplicar la enseñanza de BP que más me costaba asimilar, y disfruto del camino, no pienso en la meta o en el final que esto pueda tener. Aprendo a ser feliz aquí y ahora. Aprendo de la gente, de los sitios, de la naturaleza y de las experiencias. Aprendo del humor y de la actitud. Abro los ojos y disfruto de todo lo que veo, sea bonito o feo, porque entiendo que las dos cosas me forman y crezco.

De todo lo que me dijeron cuando vine aquí, más o menos positivo, me traje dos impresiones. Una la del hermano que intenta conocerme, sin llegar siempre a conseguirlo, y me dijo que no iba a volver. La otra de la fiel amiga, que me escribió primero en sus palabras y luego en las de Benedetti, que nunca volvería a ser la misma. Volveré, sí, pero cada vez pongo la barrera más lejos, cuanto más mundo veo o más cerca lo siento, más fronteras quiero romper. El viaje a Asia es una obviedad y ya estamos marcando el recorrido. Cambiaré, sí. En mes y medio ya lo he hecho, y es posible que mantenga una base, pero no seré la misma cuando me volváis a ver, yo no sé qué llegará de lo que visteis salir. Que como dicen ahora… quise cambiar el mundo, y tal vez ese mundo me cambió.





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5 cerca de veras!:

Criscaa dijo...

Ayer lo cantó Marwan ayer lo dijo y yo no podía llamar para que el te cantara que "para partir fronteras la sonrisa es un serrucho"

No me puedo creer lo que estás cambiando ya, y no poder ver más que leyendo lo que vas a llegar a cambiar. "Ojalá pudieras vernos, parecemos aventureros.Inspiramos admiración y envidia por todas partes". No se si es envidia lo que siento...lo que siento es que quiero estar ahí contigo, y tocar elefantes, viajar sin importar a dónde, guiándose por la intuición y teniendo los ojos abiertos.

En literatura leemos un poema cada clase, y me descubro disfrutando de Bequer, Neruda, Benedetti casi tanto como queriendo mandartelos. El disco de Amaral resultó ser el adecuado para tu gran viaje, para el momento en el que están viviendo. Y Marwan por si hacía falta, me recordó lo que te echo de menos!

El Inglés con el que me peleo cada día es muy distinto del que disfrutas tú allí, y llegará un momento que lo llenaremos de dialectos distintos...juntas :)

Ha sido como vivirlo contigo, tan detallado que lo cuentas...que sosa y monótona parece mi vida en comparación con la tuya, pero como me alegro de que estés viviendo eso por todos los que queremos estar allí contigo.

te quiero!!(y me encanta ver las fotos en facebook primero y descubrir luego su explicación por ahí ...es como ir abriendo boca)

Criscaa dijo...

"No es este el relato de unos años impresionantes, es un trozo de dos vidas tomado en un momento en que cursaron juntas un determinado trecho, con identidades,... y conjunciones de sueños. ¿Fue nuestra vision demasiado estrecha, demasiado parcial, demasiado apresurada? ¿Fueron nuestras conclusiones demasiado rigidas? Tal vez...Pero ese vagar sin rumbo por nuestra mayuscula America me ha cambiado más de lo que crei. Yo, ya no soy yo. Por lo menos no soy el mismo yo interior. "

Isabel dijo...

Hola aventurera! Ya veo que te ha entrado el gusanillo del viaje mochilero: no me extraña! Lo que me sorprende es eso que te han contado de que de todos los países de Asia, el más caro es la India. En mi experiencia, que abarca Singapur, Malasia, Tailandia, Camboya, Laos, Vietnam, China, Tibet, Nepal y la India, el país que me salió más barato (y con diferencia) fue precisamente la India: claro que todavía no me he dado un paseo por Goa...

La niña del mar dijo...

Seguramente era inevitable y también maravilloso saber que eso te pasaría, porque al final todos los que queremos cambiar el mundo de una u otra manera - o nuestro mundo, qué sé yo - al final lo que queremos es vernos cambiar, evolucionar, descubrir todo lo nuevo que haya por descubrir, aprender. Estás en el lugar adecuado, tienes la compañía adecuada y seguramente también es el mejor momento para ello.

Suscribo las palabras de Crisca, yo también siento envidia, pero sobre todo porque me gustaría estar viviendo todo eso a tu lado, aunque he de decir que este blog te acerca a nosotros, no lo dejes!!! ;)

No serás la misma y sin embargo siempre lo serás. Te quiero nena!!! No sé, no es que no te echara de menos, pero al leer los últimos párrafos me ha dado la penuria!! Te echo mil de menos!!

Lauripo dijo...

¿Qué crees que vas a encontrar? el mismo lugar, sólo tú serás diferente...

Aunque te lo haga saber poco, sigo tus pasos pequeña, me encanta leerte y saber de tus aventuras, cómo descubres mundo y rompes fronteras!
Me alegro mil al leer tus cambios, desde aquella habitación que ardió hasta ahora que abres los ojos con curiosidad y te dejas llevar por la India...

Disfruta muchísimo pequeña, siente todo lo que te rodea, empapate de la India y sigue siendo nuestros ojos alli!

Mil besos, Pingüinita!

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