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De fiestas de todos y más

Por el día de la hispanidad, una profesora amiga de un profesor de la universidad, que trabaja en un colegio bastante cerca de mi casa, me invitó a hacer de jurado en un evento que organiza anualmente en su colegio (donde da clases de español a niños entre 10 y 15 años) en el que los alumnos preparan comida española, investigan sobre el país y la cultura, se disfrazan y hacen actuaciones. Como no tenía clase y está feo decir que no a estas cosas, pues dije que sí.

Medalla patriótica
Cuando llegué no estaban el resto de miembros del jurado aún (que me habían dicho que iba un chico español más y la directora y el subdirector del colegio), pero cuatro alumnos muy bien entrenados me saludaron en español y me dieron una medalla que me identificaba como juez, por si acaso el hecho de ser la única guiri del colegio no fuera suficiente. Y me sentaron en una silla (porque los guiris no pueden estar de pie, que se cansan y no está bien) solica esperando a los demás. Que no llegaron, por cierto. Así que me quedé contestando a los doscientos alumnos que vinieron, uno por uno, a preguntarme en español cómo estaba, hasta que engañaron a una profesora que había estado dos semanas en Santander para hacer de jurado conmigo y que empezara la acción. Después sí que llegaron la directora y el subdirector, pero del español nunca más se supo (a su favor diremos que llovía a mares, y que eso hace muy difícil la movilidad, generalmente).

Empezó el acto, entonces, con una introducción de la profesora, alabando a sus alumnos. Entonces anuncia que vamos a escuchar los himnos correspondientes y a rezar un poco. Y, efectivamente, todo el mundo se levanta, pone la mano en el pecho, y comienza a sonar el himno filipino, que yo no había escuchado hasta la fecha. Cuál será mi sorpresa al oír que está en español. Y muy respetuosa y de pie les escucho cantar en nuestro idioma que los invasores no te hallarán jamás (porque se la saben. En español). Y está bien, porque la victoria no verá nunca apagados sus estrellas y su sol, y eso es lo que tiene que decir un himno. De no ser porque inmediatamente después, y todos aún de pie pero ya sin la mano en el pecho y sin cantar, porque no se la saben, suena el himno deEspaña, CON LETRA, quiero decir, CANTADO, y escuchamos todos eso de que gloria a la patria que supo seguir sobre el azul del mar, el caminar del sol. Y que yo no digo nada, pero vamos a ver si nos centramos porque las dos cosas no se puede, y al menos una es ofensiva en este país… Y que digo yo que no soy la primera española que ve que hay ahí un poco de incoherencia histórica… pero también es posible que los que se dieran cuenta antes se callaran como hice yo, que me pareció a mí que no era el momento para decirle a esta buena mujer que lo de los hijos del pueblo español no se refiere a ellos (o al menos como a ellos les gustaría).

Después de esto, que a mí me deja un poco descolocada, y aún de pie todos (y mirándome, la mayoría, preguntándose por qué no cantaba yo mi himno si ellos habían estado cantando el suyo), suena una canción de misa que yo no reconozco, pero que la base sí me la sé. Y decimos amén. Y nos sentamos.

La Penélope filipina
El show consiste en un montón de niños de diferentes cursos cantando canciones en español (algunas versiones de otras en inglés, y grandes éxitos como Un mundoideal de Aladdín), o un montón de niños diferentes cursos bailando, con coreografías muy bien o regular ensayadas, temazos del reguetón más reciente. Yo me vengo arriba y les doy buena nota a todos. Y luego los más listos de cada clase se habían disfrazado de personajes hispanos de renombre como PenélopeCruz en los Piratas del Caribe, y les doy buena nota a todos también, por guapos. Y me invitan a paella y a churros, que viene muy bien para un día de lluvia, o, bueno, para cualquier día, en realidad.



Paella

Churros
Y así ha seguido la vida. Me dieron vacaciones porque cambiamos de semestre (el próximo empieza la semana que viene y dura hasta marzo, y es verano en abril y mayo), así que me fui a recorrer Cebú y la parte este de la isla cercana, que se llama Negros, y lo más destacable es que hay tortugas que nadan felices en una isla muy pequeña que se llama Apo. Y ahí estuve nadando con ellas, pasando un poco entre susto y emoción, porque los bichos no hacen nada pero son igual de grandes que tú, y no tienen miedo así que se te acercan como si fueras un pez más, y a mí las cosas que viven y se mueven a sus anchas (animales, los llaman) no me dan mucha tranquilidad. Pero fue muy bonito verlas nadar felices entre corales y erizos.
Una tortuga y yo

Una tortuga feliz

Luego llegó Halloween, que lo celebran porque son medio americanos. Y llegó el Día de Todos los Santos, que lo celebran porque son medio españoles. Yo qué sé, las cosas de las conquistas.

Aquí unos de palique
El caso es que para meternos en la cultura decidimos ir a pasearnos por un cementerio, porque es lo que se hace aquí. Bueno, no, en realidad lo que se hace aquí es pasar el Día de los Santos y el siguiente acampados en el cementerio con toda la familia (acampados de verdad, de llevar tiendas de campaña), con el picnic, los juegos, el móvil para hacer unas fotos (selfies no, que está considerado irrespetuoso), y bueno, claro, unas velas y unos rezos también.


Nichos, nichos, nichos
El cementerio al que fuimos es bastante grande, y es impresionante ver cómo todos los nichos están iluminados, filas y filas de nichos, incluso edificios de cuatro plantas de nichos, todos con velas y flores, mientras los niños corren entre los pasillos, los vendedores ofrecen diademas con cuernos con luces o comida, las familias se preparan para dormir y nadie pide silencio o se lamenta o lleva colores oscuros. No hay tumbas, excepto unas cuantas en un recinto cerrado por una valla con una bandera de España a la puerta. Suponemos que serán los restos de los conquistadores de antaño, o sus familias, o… no está muy claro, pero fueron 300 años de invasión y alguno que otro moriría. Eso se nos ha quedado sin esclarecer.

Os dejo un vídeo para que os hagáis una idea del jaleo:




Por lo demás, la vida sigue, ya camino sola, cojo jeepneys como si fuera local (pse, igual es exagerar un poco) y sigo pagando con billetes porque no entiendo las monedas, como si fuera una abuela. Todo bajo control.

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De internet, gañanes y más

Al final decidí que lo mejor para fomentar mi paz y mi felicidad en la rutina diaria era poner internet en casa. Que ya lo había intentado antes y me dijeron que tenía que hacer un contrato de 24 meses y que si lo rompía tenía que pagar unos 80 euros para compensar, y claro, pues no me compensaba. Pero el otro día entraba yo en el súper y había una muchacha en un stand a la puerta, de otra compañía diferente, y le pregunté, y me dijo que, bueno, siempre podía decir que me lo cancelaran temporalmente y luego no darlo nunca jamás de alta. O eso es lo que yo entendí. Que luego bien puede ser también que fuera lo que a ella le pareció oportuno decirme para no perderme como cliente, pero bueno, le dije que venga, que sí.

Un par de horas después ya me estaban llamando para venir a casa a instalarlo.

Consiguieron llegar (no vivo en un sitio muy accesible) como a la media hora. Eran tres en una furgoneta. Se bajó el primero y antes de decirme a qué venía me dijo “you are beautiful”. Una, por educación y correspondencia adquirida, sonríe y dice gracias. Entonces él se viene arriba, y me pregunta si estoy casada. Le digo que no (porque no lo estoy). Así que me pregunta que si tengo novio. Y le digo que no también. Se emociona, me dice que él también está soltero, que salga con él. Esto ya no me parece tan gracioso. Le digo que yo quiero mi internet.

Llegan los otros dos, me miran, comentan (a mí me hablan en inglés, entre ellos hablan en cebuano. En cebuano, guapa es “gwapa”, aclaro esto para que entendáis que, aunque a ellos les parezca que no, en realidad me entero de todo lo que está pasando), se sonríen, les falta pegarse codazos: “mira, mira, está buena”.

Hablamos de la tarifa que quiero, les digo que la barata, me convencen para que coja la cara, acepto, me dicen que en mi edificio solo se puede poner la barata, acepto, ahora deciden que van a poner una antena y que entonces la cara, acepto. Lo que sea, da igual, ponedme internet.

Suben los tres a mi casa (de metro cuadrado) a poner el aparato. Miran mis paredes, me miran a mí, se ríen. Tengo un póster que jamás había pensado que fuera sugerente, de una chica con un mapa dibujado en la piel. Se ríen. Que si soy yo. Pues hombre, mira, no. Internet no funciona sin antena, efectivamente, así que volvemos abajo. Llevo mi pasaporte, que lo tienen que fotocopiar, y le piden al chico de abajo que les haga el favor, no sin antes, jojojo, mira esta, guiño guiño, él corresponde, sí sí, fotocopia. Viene el de seguridad, comentan con él, la guiri, el otro corresponde también, sí, juas juas, la guiri.

Sacan la antena de la furgoneta y dos suben al tejado mientras me quedo en casa con el que se quiere casar conmigo, que no deja de mirarme:
- Eres muy guapa.
- Que sí que ya me lo has dicho (porque van dos horas, y empiezo a ponerme borde)
- ¿Y de verdad que no tienes novio?
- Sí, tengo uno, pero está en España.
- Ah, da igual, muy lejos, déjale a él y vente conmigo.

Y así, sin perder la cara aunque un poco la paciencia sí, le digo que no, que le quiero a él, porque quedaría mal decirle que ni en sus más profundos sueños y con esa actitud de bestia salvaje en celo se va a ligar en la vida a una mujer, blanca, negra o verde.

Los de arriba tiran un cable y el animalito lo coge. Lo ponen a través de la ventana y coge mi móvil para comprobar la señal. Ahora es mala, hay que esperar.

- Anda, mira, juegas a Pokemon Go, a ver qué más tienes.

Le quito mi teléfono de las manos.

- ¿Te pasa algo? - Me dice, porque se ve que tiene muchísimas luces.
- Estoy muy cansado, ¿me puedo sentar? - Le acerco una silla, al profesional.
- ¿Me das agua? - Le pongo un vaso.
- ¿Y por qué no quieres ser mi novia?
- Porque me gusta más la gente que no me trata como a un cacho de carne blanca no.
- ¿Te pasa algo?
- No, estoy encantada con esta situación.

La señal se estabiliza.

Llegan los otros dos a mi casa. Les pongo la otra silla, y uno se queda de pie. Sacan los papeles y se ponen a llamar a quien sea que está en la centralita, unas 10 llamadas de teléfono en las que, por lo que entiendo, se repite mi nombre varias veces, la palabra pasaporte, guapa, risas, jojojo, codazos, risas (de machito en celo, insisto). Entre llamada y llamada ellos se miran al espejo, me miran, se sonríen, me miran, se atusan el pelo, me miran, risas, eructan, se ríen.

No tengo permiso de trabajo aún, así que me piden una copia del contrato del piso. Hay que hacerla, bajamos abajo otra vez pero la fotocopiadora no fotocopia papeles de más de A4 (aquí, nadie sabe por qué, no se utiliza la medida estándar de papel, haciendo del día a día una aventura aún más emocionante si cabe), así que firmo lo que tengo que firmar y los dos se van a poner otro internet a otro cliente y yo me quedo con mi pretendiente buscando una fotocopiadora por el barrio. Mientras paseamos sin hablar por la calle él va haciéndole guiños y codazos a todos los que nos miran, y si no nos miran él ya se encarga de que lo hagan.

Conseguimos fotocopiar, le doy la copia, me deja irme a mi casa. Desde que empezó esta historia han pasado cuatro horas. Cuatro horas que van sin dudarlo al top 10 de situaciones incómodas vividas en mi vida.

He dudado mucho de si contar o no contar este episodio. He dudado para empezar porque sé que os preocupáis, y no quiero que lo hagáis porque estoy bien, es un detalle más y, por supuesto, no es el día a día. He dudado también por eso, no quiero exagerar y no quiero llevarme las manos a la cabeza cada vez que alguien actúa como un macho alfa cuando me ve. Es otra cultura, hay que acostumbrarse.

Pero al final sí, al final lo cuento. Y lo cuento porque ya os había dicho que no me siento alagada cuando me dicen que soy guapa. No lo hago porque sé cómo soy y cómo no soy, porque nadie te dice guapa sin un trasfondo, porque no es gratuito, porque no es inocente. Porque te dicen guapa y lo que quieren decir es todo lo que te harían si no tuvieras novio, y no lo tienes, eres de todos, cualquiera tiene derecho a exponerte, exhibirte si vas a su lado por la calle y meterse en tu casa y hacerte preguntas personales porque eres guapa y no tienes novio, y eso es ir provocando. Te pueden mirar y pueden comentar sobre ti como si fueras una pared más, o la mesa, como si fueras un objeto, porque no tienes dueño y vas incitando al personal con ese color de piel, en pantalones cortos (esos que llevan todas las demás, las que no son blancas).

Y sí, no es una situación nueva. En la India era así. Los países árabes son así. Y es normal, no hay juicio social, no tiene sentido que se me pase por la cabeza llamar a la compañía y decirles que tienen tres toritos babosos contratados que no saben contener sus instintos naturales ni en el ámbito profesional y que para la próxima vez preferiría que tuvieran algún tipo de control, pero no tiene sentido porque EL que esté al otro lado del teléfono se reirá y será, una vez más, gracioso que la guiri se enfade por estas cosas, que son normales.

Y no, no estoy diciendo que todos sean así. Estoy diciendo que cada vez que espero al jeepney en la calle y motos, coches y furgonetas de trabajadores me pitan o dicen cosas que (gracias a Dios) no entiendo me siento atacada, me siento acosada y me siento incomodada. No digo que no conozca a gente encantadora que se está portando muy bien conmigo y si solo me ven como un filete al menos lo disimulan. Digo que cada vez que alguien me dice guapa, me salta una chispa interna y me controlo, pero nada más alejado de sentirme alagada.

Y estoy bien, no quiero que nadie se preocupe. Solo quiero gritar escribiendo lo que no puedo decir por la calle. Que soy una persona más. Que no puedo cambiar un país entero pero al menos sí puedo intentar que los hombres entiendan todo lo que puede molestarnos de un “piropo”. Que soy igual de intocable que una mujer casada, o con novio, o con cualquier otro tipo de decisión personal que siempre, hombres del mundo, SIEMPRE es independiente de vosotros (no, no he elegido estar soltera para poder recibir sin tapujos las barbaridades de las bocas de los salidos de turno). Que nadie se merece estar cuatro horas encerrada con tres tíos a los que se les ve en la mirada lo que quieren de ti, nadie tiene que pasar por eso. Y que cuantas más voces levantemos ante estos actos que se suponen rutinarios más fácil será restarles normalidad.


Por lo demás, ayer estuve haciendo wakeboarding y hoy me duelen tanto los brazos y los músculos que los levantan que no sé ni siquiera cómo puedo estar escribiendo en el teclado. Y los instructores eran tres filipinos surferos que intentaron lo imposible para que yo aprendiera a mantenerme encima de la tabla y vinieron a rescatarme cuando me caía boca abajo en el agua y no sabía darme la vuelta. Y por sus miradas supe, en todo momento, que jamás quisieron hacer otra cosa conmigo que no fuera ayudarme a sobrevivir. Para que veáis que siempre hay gente buena, y que, aunque siga habiendo lucha, también sigue habiendo esperanza.

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De plantar árboles y más

Uno de estos grupos a los que me he apuntado en las redes pero que está formado por exactamente las mismas personas que forman los demás, se llama Cebú Green Project, nació en mayo de este año y se dedica a realizar acciones de voluntariado por y para la naturaleza en esta ciudad en la que todo el mundo hace lo contrario a ayudar. Normalmente, por lo que me han contado, se dedican a limpiar zonas de la ciudad, pero hoy tenían el primer evento de plantación de árboles, y como es domingo y no tengo amigos, me pareció un plan bastante apropiado.

Quedamos a las 7:30 de la mañana en la estación de furgonetas de uno de los centros comerciales de la ciudad (que aquí son los puntos de orientación) para salir puntuales a las 8. A las 8:30 aún estábamos allí. Que no vino mal porque así fui haciendo amigos. Los dos más raros de todo el grupo, de 30 personas, me identificaron perfectamente, mi imán innato para atraer a los más frikis sigue actuando, y mi costumbre adquirida de no decir nunca que no a nadie nos hizo a los tres mejores amigos ya desde antes de desayunar, que es todo un logro para un domingo.

La furgoneta nos llevó a Mactán, que es la isla de al lado de Cebú, donde está el aeropuerto, y que está conectada por dos puentes en los que siempre hay tráfico. Y allí, en el puerto, tras media hora más de espera, montamos en el barco. Al subir, el que va a mi lado se persigna. Esto todavía me tiene despistada. Al principio pensaba que todos los filipinos eran mi abuela y no podía dejar de mirarles. Pasada la primera impresión me dediqué a investigar el factor común entre las persignaciones, intentando adivinar qué buscamos con esto, y lo hacen mis alumnos antes del examen como si a estas alturas alguien fuera a ayudarles. Lo hacen al montar en el jeepney por razones obvias, que yo lo haría también si no fuera con una mano agarrando el bolso, otra en el hierro de arriba, otra cubriéndome la cabeza porque soy súper alta y me doy arriba, otra moviéndome las piernas dependiendo de quién tenga que salir… pues no me quedan manos para persignarme. Y ahora lo hace uno en el barco, ¿por qué? ¿Pero por qué? ¿Vamos a morir todos? ¿Es eso? ¡Quiero bajar!

El barco de estos típicos que ya os he enseñado, con su bambú a los lados. En el barco íbamos todos los cebuanos del mundo, un americano y yo, y dos motos. Puedo demostrarlo.

Todos en el barco

Y desembarcamos en la siguiente isla, que se lama Olango, y ahí tuvimos que coger un triciclo, que son los tuk tuk de aquí, más pequeños que los de otros países pero, sorprendentemente, entra más gente que en ningún otro que yo haya visto. Nos dividieron de seis en seis, más conductor, y yo iba con mis mejores amigos y tres japoneses (que son muy voluntarios y están muy concienciados, y había un buen número de ellos en la excursión). Por lo que sea, se rompió el cacharro nada más salir. Al principio pensaba que habíamos pinchado (que no sé cómo se dice en inglés, yo solo oí un pum porque iba metida en el carrito, con cero visibilidad) pero luego solo se había salido la cadena (esto tampoco sé decirlo en inglés, es que lo vi cuando nos hizo bajarnos. Así que nada grave que no solucionáramos todos mil veces en los veranos en el pueblo. Nos dio para risas y postureos, que es lo que cuenta al final.

El triciclo averiado

Siempre me sorprende salir de la ciudad. Vivimos ahí metidos, pensando que tal o cual país es así solo por lo que vemos en Bangkok, o Cebú, o Madrid, o Londres, y la riqueza de las zonas rurales no deja de asombrarme. No riqueza de la que nos come la cabeza, no estoy hablando de dinero. Es domingo, y por la calle sin asfaltar corren los niños detrás de los balones, entre los búfalos que pastan, entre naturaleza salvaje que les llega hasta las rodillas y palmeras, al lado de las cabras que tienen como animal de compañía y los gallos que cuidan hasta que pueden pelear. Las familias enteras montan en su moto (aquí lo de comprarte un monovolumen cuando tienes al primer niño no se lleva) y los cinco van juntos a misa. Los que irán luego, se quedan en las puertas de casa viendo la vida pasar, porque sí, aquí se vive en la calle, las casas solo tienen una habitación, el resto de la vida se hace en comunidad, con los vecinos, viendo crecer a los niños, secando la ropa al sol.

Mini manglares
Y llegamos al santuario, que es donde vamos a plantar los árboles. Se despeja la duda, no, aquí no se plantan pinos, aquí se plantan manglares. Nos dan instrucciones detalladas del proceso, a un metro de distancia uno de otro, el brote tiene que estar enterrado hasta la mitad en el fondo del agua con el piquito para afuera. Así que nos arremangamos todos y nos metemos en el lodo a enterrar palitos como si supiéramos lo que hacemos. Nos tocaron ocho por persona, yo creo que al menos cinco de los míos salen (estoy casi segura de haber pisado dos de la que volvía y uno lo planté medio de lado porque no se clavaba bien y la tonta de la guiri se estaba quedando la última). Tampoco es que lo vaya a saber porque dicen que tardan en crecer 15 años.


Aquí plantando cosas


Así se anima una fiesta
Después entramos en la zona habitada del santuario, donde íbamos a comer. Alguien trae unas cervezas y eso une mucho al personal alcohólico (los que no bebían se quedaron en otras mesas, y no os voy a engañar, a esos no les he conocido mucho), y empezamos a intercambiar preguntas personales comunes: de dónde eres, en qué trabajas, qué tornillo tienes desapretado para elegir este destino… lo típico.

Y llega la hora de la comida. Parece ser que una de las tradiciones familiares y con amigos de Filipinas es esto llamado boodle fight. Se extienden hojas de palmera en las mesas (más barato que manteles, dónde va a parar) y se pone la comida encima (más barato que platos, dónde va a parar), que siempre tiene una base de arroz como para una boda y luego encima y alrededor lo que haya uno podido encontrar que echar a la barbacoa. En la nuestra había lechón, pescado, pollo y salchichas radioactivas. A los más bilingües no se les ha escapado que este tipo de comida se llama fight, que significa lucha, porque hay que esperar a que todo el mundo encuentre un hueco de pie alrededor de la mesa, y luego, a la vez, meter sus manos en el asunto (más barato que los cubiertos, dónde va a parar) y empezar a comer, sin parar, en un tonto el último un poco cruel, porque aquí no hay amigos, aquí comes lo que puedas sin mirar al de al lado, e intentando no quedarte sin comida. Yo cogí un pescado del que no me separé por miedo, y solo pude comer dos cachitos de lechón (que está bastante rico, amigos segovianos) y un poquito de pollo que le quité del hueso al que estaba al lado. Y uno de mis mejores amigos me dio una salchicha porque veía que claramente me quedaba sin ella. Arroz, sin embargo, hay siempre para todos. Todo bañado con una salsa de soja y vinagre de la que aún no me he quitado la sed.

Boodle Fight

Para la sobremesa todos nos presentamos y contamos nuestra vida (un minuto cada uno, menos mis mejores amigos, que se marcaron sus 10 minutos de fama), y nos prometemos cambiar la ciudad, crecer, seguir manteniendo un evento al mes, educar en reciclaje y limpiar toda la suciedad del mundo. Y no deja de ser emocionante ver que, en un país subdesarrollado en el que ya se notan los efectos de un consumismo que no saben de dónde les viene (bueno, sí que saben) y en el que la basura es el paisaje habitual, ya hay gente dándose cuenta del error y calculando las toneladas de residuos acumulados, buscando soluciones. Probablemente dando pasos hacia ese “país en vías de desarrollo” cada vez más real. Gente local, cebuanos que han crecido en naturaleza limpia y verde y ahora no dejan de encontrar bolsas de patatas vacías y latas de refrescos en las cunetas. Y, bueno, son pocos, pero sí, van creciendo, y sí, se mueven y tienen buenas ideas. Y es bonito, y es todo muy scout. Y yo me emociono.

Para la vuelta, mismo proceso. Primero el triciclo, pero esta vez solo íbamos cinco y no hubo percances (los que iban delante, sin embargo, se atascaron en un bache y tuvieron que bajar a empujar). Después el barco, que no atinó en el puerto y tuvo que retroceder a alta mar para poder empezar de nuevo el aparcamiento. Y finalmente la furgoneta hasta el centro comercial. Desde allí, un taxi a casa, pero uno de mis mejores amigos (el más pesado, por si cabía duda) resulta vivir cerca y compartimos.


La reserva, muy cuqui

Y así acaba una semana más en el paraíso. Quizá aún sin amigos, pero, desde luego, no sin planes, y mucho menos sin conocidos dispuestos a no dejarme un solo fin de semana sola en casa. Porque serán muchas cosas, estos filipinos, pero nunca te dejarán aburrida a tu suerte. Y parece que eso nos va a llevar a bastantes nuevas aventuras.

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De la pseudoadaptación al medio y más

Pues no sé, ya que me lo comenta todo el que me ve, no sé si me adapto. Que luego yo me adapto a todo, así que digo yo que habría que contestar que sí, pero si les digo eso lo mismo se piensan que tienen un país normal, y tampoco es cosa.

Ya hemos empezado las clases y son el desastre que prometían. Tenemos dos niveles pero es siempre el mismo, porque como no aprendieron nada en el primero lo vuelven a repetir en el segundo, y aun así no lo aprenden tampoco, así que me miran muy fijamente y me contestan con “sí” a todas las preguntas como, por ejemplo, “¿qué tal?” Por lo menos nos echamos unas risas.

En el desarrollo de la vida ya me he acostumbrado a que todo el mundo me mire, y ya no lo noto. Me pongo pantalones cortos y tirantes, porque de todas formas me miran si voy tapada, y como ya no lo noto, me da igual. A lo que no me acabo de acostumbrar es a que me digan lo guapa que soy. Que estáis todos pensando: “anda, anda, yo me acostumbraría a eso enseguida”, pero ya quisiera yo veros. No, porque me lo dicen los alumnos, que no han visto una blanca en la vida, y les hace como gracia, y se sacan selfies conmigo y me comentan que tengo una nariz preciosa y unos ojos grandísimo (ambas cosas son igual de regulares que las del occidental medio, pero claro, aquí no se llevan) y un pelo rizado que es la envidia de toda quinceañera, que ya quisiera yo decirles cómo gasté mi adolescencia en horas de estirarme el pelo desesperada en el espejo. Y, bueno, a que los alumnos (de otras clases) me paren por los pasillos para recalcar lo guapa que soy también me he acostumbrado. A lo que no me acabo de acostumbrar es a lo del resto de la gente. Que hoy me lo ha dicho un niño por la calle. Que el del taxi me dijo que por qué no tenía novio. Que el otro día había quedado en un bar y le pregunté al camarero que si sabía dónde estaban mis amigos y me dijo que era muy guapa, hombre, por favor, vamos a centrarnos, dónde están mis amigos. Pero que no es que esté ligando a cada paso que doy, que no es eso, que te dicen que eres guapa como si te dicen que vaya vestido feo te has puesto hoy, que es solo que tienen la necesidad de comentar las cosas que ellos ven que son obvias y comentables, que en vez de preguntarte qué tal andas te dicen que eres guapa, porque lo eres, y punto. Y no, a eso no me adapto, llamadme rara, pensad que tengo el ego por las nubes, pero yo prefiero mi habitual pasar desapercibida.

Está también lo que hacen cuando dicen sí. Que en vez de mover la cabeza arriba y abajo, como las personas de bien, abren mucho los ojos y suben las cejas. El gesto se parece mucho al que hacemos en España cuando increpamos a alguien que hace algo que no nos gusta, queriendo decir “¿qué has dicho de mi madre, eh, eh, eh?” o al que hacemos cuando algo pasa detrás de ti y tu interlocutor quiere hacértelo saber sin decirlo en voz alta por lo que sea. Así que he pasado bastante tiempo pensando que le caía mal a la gente o dándome la vuelta para ver que tenía detrás, depende de la situación o de la tendencia explícita de la persona con la que hablaba. Esto aún me tiene un poco confundida y me dificulta la comprensión no verbal inconscientemente. También, ya en otro nivel y porque tengo mucho tiempo libre, me pregunto si esto lo tendrían antes de la invasión española, y Magallanes y compañía se quedarían tan locos como me quedo yo; o lo adquirieron después, en tal caso, qué les llevó a aplicar estos gestos tan bizarros nuestros a su sí. Igual me hago un doctorado a partir de esta base y me quedo tan ancha.

El supermercado sigue siendo una de las aventuras diarias, y hoy os presento esta novedad. Se llaman patatas, parecen picos, pero no, son galletas dulces. Quién lo hubiera dicho. Si sigo así voy a acumular todos los alimentos graciosos en casa sin acabar de darles salida.



Hago amigos, también. No os asustéis. Al principio me emocionaba cada vez que encontraba en Internet un grupo activo de gente con planes para los fines de semana y las noches de diario. Ahora ya sé que es todo el rato el mismo grupo de personas que son unos motivados y se aburren casi tanto como yo. Así que por lo pronto he probado las noches de trivial de los jueves, todo un reto porque dan como 10 segundos para contestar preguntas en inglés de las que entiendo la mitad, pero me gané al personal acertando todas las respuestas sobre Pokemon y Harry Potter. Esa misma gente me ha organizado los tres próximos de semana. Y además son los mismos que bailan salsa.

Porque sí, lo primero que hice fue encontrar lugares donde se baila salsa. Y fui sola a probar. Y descubrí, de la manera más incómoda que os podáis imaginar, que aquí las mujeres pagan a los hombres para que bailen con ellas. Unos 6 euros la hora, 20 euros si quieres que bailen contigo toda la noche. Y, obviamente, ya que has pagado, ese hombre baila contigo, y solo contigo, el tiempo que hayas previamente acordado y financiado, y él te espera si tú te estás tomando algo, y luego se acerca cuando le haces señas. Esto, como digo, lo descubrí de una manera poco agradable y me dejó un poco descolocada, así que estuve una semana alejada del mundo salsero decidiendo qué hacer. Y entonces conocí al grupo de activos de Cebú y ellos bailan gratis, y todo recupera un poco la armonía que debería tener.

Un barco típico de aquí
También me fui un día de excursión en un barco a hacer snorkel por los mares del este, pero coincidió un tifón que casi hace que cancelemos el viaje y que al final se fue al norte (creo que está en Hong Kong, ahora), y nos dejó el agua un poco revuelta. Lo bueno es que no había medusas, porque aún sigo sin curarme la anterior, vivo prácticamente drogada. Es posible que nada de esto esté pasando de verdad.


Y han llegado los Pokemon, que es la mejor noticia de la semana. Y han puesto gimnasios y pokeparadas en las iglesias y lugares emblemáticos de la ciudad. Para que luego digan que no sirven para nada, yo creo que fomentan muchísimo el turismo y la socialización, que el otro día ya estuve cazando pikachus con la gente del centro comercial.

Así que ya veis, mi estrella habitual me da una de cal y una de arena, y me descoloco y me recupero con la misma facilidad. De momento no tengo bajones de nostalgia y sufrimiento, porque aún no he pasado por esos días del mes, y porque he encontrado queso malo y caro en el supermercado. Luego, cuando se empiece a notar la falta de jamón y de pan (que haber, hay, y lo llaman pan, y es dulce, todo es dulce, el chorizo es dulce) veremos. Por favor, hago un llamamiento a la gente que me aprecia, por favor, que alguien me mande Nesquik. Gracias. Os quiero.


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De la universidad y más (2016)

Me preguntáis mucho por la universidad, y os contesto poco. No porque no quiera, cuidado, sino porque no puedo, qué más me gustaría a mí que poder. Pero como no me gusta dejaros así, os voy a contar los datos que tengo hasta la fecha.

Llevo aquí semana y media ya y he ido todos los días a la universidad. Nada más llegar, de hecho, ya fui, el primer día. Allí conocí al decano, al secretario, al presidente no, que estaba de vacaciones, y a los otros profesores de español. Esto ya os lo había contado. Me enseñaron el campus, que es pequeñito, y me explicaron, unas cincuenta veces, que el edificio principal lo construyeron los americanos. Luego, uno más sincero, me dijo que los japoneses lo habían utilizado de cuartel para encarcelar a sus prisioneros en la guerra (no sé en cuál, eso ya os lo cuento otro día), y es todo muy bonito. Podéis imaginar que moderno, lo que se dice moderno, pues no es. Ni ese ni ninguno de los edificios, que tiene cada uno un nombre que no está escrito en ningún sitio, para facilitarle la existencia a los profesores nuevos.

El edificio de los americanos


En estas visitas diarias que hago a la universidad he conseguido varias cosas. He conseguido que me registraran, así que ahora cada vez que entro y salgo pongo mi dedo en un lector de huellas digitales, que es lo más novedoso de toda Filipinas. He conseguido que me dieran un horario con las clases que ellos creen que yo debería dar y el aula en la que se imparten. He conseguido que, tres días después, limpiaran la mesa que se me ha asignado, no de polvo, sino de libros e incluso un casco de moto que sabe Dios a quién pertenecía. He conseguido conocer a todos los profesores que dan clases de español. He conseguido que los guardas de la puerta me dejen de parar porque no se creen que trabaje allí.

Hay un puñado de cosas que no he conseguido, también. No he conseguido adivinar dónde están las aulas en las que voy a dar clase, y cuando sí he llegado a ellas, el horario que me han dado estaba mal y, o no era esa hora, o no era esa aula. No he conseguido que nadie me dé un calendario escolar, en el que ponga cosas tan tontas como cuándo son vacaciones (aunque las navidades me las han asegurado, y me han dicho que el día que sea fiesta lo sabré porque llegaré a clase y no habrá alumnos) y cuándo hay exámenes (que “son dentro de dos semanas, creo”, “oye ¿tú sabes algo?”, “no, a mí no me han dicho nada”, “pero serán el día 15”, “yo creo que sí”…). No he conseguido firmar el contrato, ni verlo, así que a día de hoy no sé cuánto me van a pagar (esto me lo explican diciendo que así es Filipinas, y a vosotros os hace gracia, pero me gustaría saber si alguno estaría aquí sin tener ni idea de salario o sin haber firmado papeles…). No he conseguido que me dejen de mirar alumnos y profesores, así que me sigo sintiendo como si me hubiera salido un tercer ojo y me estuviera paseando con él por la vida.

Para pasar el rato, he ido a observar las que serán mis clases a partir de este lunes. Iba a ir el lunes pasado pero como algunas no las encontré y otras no eran, no pude, así que empecé el miércoles. Y la verdad es que admiro lo que están haciendo estos profesores en clases de 50 alumnos, sin aire acondicionado, sin puertas (la comunicación es prácticamente un milagro), con un libro guía en el que solo hay gramática y errores, sin pantallas, proyectores o equipos de sonido, y sin pupitres (pero sí sillas, de estas con mesa incorporada, perono de las modernas de plástico, sino de las de madera antiguas, comodísimas para estar hora y media escuchando la chapa de alguien que habla en otro idioma). Así que ahí está el desafío de este año…

Por lo pronto, a ninguno de los chiquillos (que tienen entre 16 y 19 años, porque aquí no hay bachillerato, acaban el colegio obligatorio y si quieren seguir estudiando pasan directamente a la universidad) les ha hecho gracia que una nativa vaya a ocupar el puesto de sus profes. Todos han preguntado si hablo inglés, todos han reaccionado muy inapropiadamente al saber mi edad (aunque no me han llamado vieja a la cara, que está feo), y todos me han dicho que soy muy guapa (para compensar, y porque lo soy).

Así que le digo adiós a años trabajando las nuevas tecnologías, toca pausar los progresos que estaba haciendo en Power Points con animaciones, tirar a la basura los Prezis de moderna, cambiar los blogs para clase por cartulinas que tengo que comprar yo, olvidarme de los vídeos molones para páginas web de éxito, que los Kahoots para canciones sean audios que hagan en casa, y volver a mancharme las manos de tiza. Y me da pena, pero son los retos los que nos hacen crecer, no la vida fácil. Hola, pasado, no puedes conmigo.

Un poquito del campus


Y no es poco el trabajo por hacer. Empezando por una programación y una puesta en común de las clases, rehaciendo o empezando un libro nuevo, e incluso quieren que monte un seminario para profesores perdidos que no sabían lo que era dar clase. Sospecho que por un módico, quiero decir, gratuito, precio. El tercer mundo ataca de nuevo.

Así que hasta aquí puedo contar. Mañana, cuando empiece de verdad de la buena, os daré más detalles, y ampliaré mis aventuras del día a día, que, por supuesto, se desarrollan entre alegrías y surrealismos, como debe ser.

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De usos y costumbres del pueblo cebuano y más

Os encantará saber, si habéis leído mi aventura anterior, que estoy en exactamente la misma habitación donde me dejasteis el otro día. Porque, efectivamente, no me han dejado mudarme. Dicen que la ducha ya está arreglada pero que aún tienen que limpiar, y, bueno, no parece que tengan mucha prisa. Esta noche, me ha dicho la de abajo [más risas].

No pasa nada, esta habitación está bien también. Hay algunos inconvenientes, como que la ventana no aísle mucho el ruido. Luego, investigando un poco, he visto que tanto ésta como el aire acondicionado están colocados en sus respectivos agujeros en la pared, pero no sellados, así que el sonido pasa exactamente igual cierres o no cierres la ventana. Veremos si el monzón o los tifones también pasan.

El exterior, además, lo forman casitas de pequeñas familias con muchos niños que juegan al baloncesto (deporte nacional) y gritan y esas cosas, eso no me molesta porque lo hacen a horas normales. Es peor cuando escucho gente cantando en el karaoke a la 1 de la mañana.

Y luego, claro, como hay tanta naturaleza, es muy bonito porque se escuchan los geckos croar (o lo que sea que hagan) por las noches. Y eso tampoco me importa, es peor lo de los gallos cantando al amanecer (que aquí pasa a las 5 de la mañana), no con un alegre kikiriki, si no con un berrido desproporcionado que no sé cómo no despierta a la ciudad entera, que no es normal el sonido que hacen, que debe ser porque son gallos de pelea (deporte nacional) o porque de tanto jaleo que arman se han debido dejar las cuerdas vocales tocadas.

Pues, como os iba diciendo, desde esta que no es mi casa (y que, por tanto, tiene todas mis cosas esparcidas por el suelo esperando a ser trasladadas al hogar verdadero, todo muy cómodo) he visto pasar el fin de semana.

Como el sábado fue mi primer día sola ante el peligro y no me sentía excesivamente aventurera, decidí recorrer en jeepney el camino que ya conocía, pero sin compañía, para ver si podría sobrevivir o iba a morir en el intento.

Cómo explicar lo de los jeepneys. Son especie de camiones, bueno, buses, bueno, medios de transporte que recorren la ciudad con rutas establecidas que nadie conoce y que no aparecen en internet (por el amor de dios, qué siglo es este), en los que te juegas más o menos el destino, pero que a una mala y por alguna razón siempre vuelven al punto de partida. Parece ser que son los automóviles que utilizaban los americanos para trasladar a sus militares, y que a los filipinos les parecieron graciosos, se los compraron, los tunearon de colores varios y ahora son el único transporte público que se puede utilizar porque los autobuses de toda la vida están prohibidos en la ciudad. Y no tienen ventanas, así que además puedes aspirar el fresco aire de cada atasco.


Esto es un jeepney



Como decía, todos tienen un número y palabras escritas a los lados, que equivalen a zonas de la ciudad, así que tienes que atar los dos cabos y rezar mucho, para acabar donde tú quieres.

El funcionamiento, en realidad, es sencillo. Cuando ves uno que tú crees que es el tuyo, te pones en medio de la carretera y haces aspavientos para que pare a recogerte (lo mismo esperabais que hubiera paradas). Si hay suerte y tiene el día majo, se para, y te subes. Se sube uno por la parte de atrás, que tiene un agujero (lo mismo esperabais que tuviera puertas), agachado, porque no caben de pie ni ellos (que no son muy altos), y eliges tu sitio en algún lugar libre que haya en alguno de los dos largos bancos que hay a lo largo de la parte de atrás. Por alguna razón ilógica que escapa a toda la educación que yo he recibido, se sientan ellos cuanto más cerca de la puerta mejor, de manera que el nuevo pasajero tiene que recorrer muchísima distancia de pasillo, teniendo en cuenta que vas agachado, dándote con las rodillas de los demás, y en marcha (lo mismo esperabais que se esperara el conductor a que te hubieras sentado). De momento, y para mí, al menos se paran cuando voy a subirme, pero he visto cómo ellos montan al vuelo.

Después, dentro, y cuando la intuición te da a entender, sacas 7 pesos (como 15 céntimos de euro), que es lo que cuesta el viaje siempre, y te pones a mirar fijamente a alguien que esté más cerca del conductor que tú y te caiga bien. Bueno, esto lo hago yo, ellos se hablan entre sí y se dicen algo que yo no entiendo. Y ya cuando esta persona te mira, le das amablemente el dinero sonriendo, mientras ellos te miran fatal, y se lo pasan al conductor. Estoy casi segura de que si no pagas no pasa nada, pero no quiero probar.

Así que ya hecho esto, una vez dentro, si hay sitio para tu culo, lo pones donde veas, y si no hay, lo haces. Un espacio enano entre una y otra persona es un espacio ideal para tu culo, tengas el que tengas. He comprobado que el número de gente que cabe en un jeepney es exactamente el número de gente que necesita ir en ese jeepney, y punto. Y a partir de ahí yo me pongo a mirar por los agujerillos que quedan libres para no perderme los puntos de orientación que aprendí con mi mentor, no vaya a ser que me pierda la parada. El sitio al que voy, quiero decir. Cuando ves que estás llegando a tu destino, tienes tres opciones para hacer que pare. Una es dar con algo metálico (yo lo he visto hacer con monedas y anillos, esto último me encanta, tengo que hacerme con uno), en la barra que tienen para que te agarres, el conductor oye el clin clin y se para. Otra es tirarle besitos muy fuerte (que es lo que hacen los filipinos para llamarse la atención unos a otros) pero esto no lo he probado porque no me suenan tanto como para parar un jeepney y porque me da un poco de vergüencita tirar besos a desconocidos, llamadme loca. La tercera es gritar “lugar, lugar”, y es como magia. Se paran.

Y es que ellos no lo saben, pero utilizan un 60% (esto me lo han dicho, no me lo he inventado, pero a saber cuánta verdad hay) de palabras españolas. Y a ti te hace gracia y les dices “eh, si eso es español” y te miran como si estuvieras tarada o vinieras de otro planeta, qué va a ser español eso, eso es cebuano. Y se quedan muy a gusto llamando “mesa” a las mesas y creyendo que cuando pido un blablablá “para cortinas” es que he aprendido la lengua local. Luego está que a veces usan palabras en español pero no con el significado que nosotros conocemos, y eso me confunde un poco, pero me sigue haciendo gracia.

Esto se piensan que lo han inventado ellos


Bueno, el caso es que llegué sana y salva, el sábado, a donde yo quería llegar. Compré cosas de supervivencia femenina básica en el Watsons (ya, qué queréis, cuando sepa más compraré local, de momento había cosas que en mi súper no tenían) y como tengo la sensación de que todo el mundo me mira todo el rato y eso me desconcentra y me cansa mucho me fui a casa, mismo sistema, contenta por volver a ser (casi) independiente.

Y el domingo di un paso más. Encontré una clase de salsa en un sitio cercano a este único sitio al que sé ir (que es un centro comercial, no os vayáis a pensar tampoco que ando arriesgando), así que comí en este sitio que conozco (aunque la comida no es muy buena en general… eso lo sigo investigando) y me aventuré hacia la clase que empezaba a las 4. Es tranquilo Cebú los domingos, no hay tráfico y apenas hay gente por la calle, así que fue un respiro de paz y mediana tranquilidad. Cuando llegué al sitio (un restaurante mejicano) no había nadie, y me dijeron que la clase empezaba a las 5, pero en Facebook ponía que…, ah no sé, pues no, a las 5, así que me fui con un chico que andaba por allí a tomar una cerveza, un americano que hablaba espanglish porque había vivido en Méjico y que me explica que en Filipinas nada es a la hora a la que se supone que es. Volvemos a las 5 y nos dicen que la clase se ha cancelado, y me explica que en Filipinas nada es como han dicho que va a ser. Así que nos vamos a tomar otra cerveza y él llama a otra amiga americana y entre los dos me aclaran las cosas de la vida filipina, que se explican todas diciendo que en Filipinas blablablá. Como excusa no tiene precio, pero no sé si va a ser fácil saber qué es todo lo que en Filipinas sí y lo que en Filipinas no. Y de paso me explican que los domingos las calles están desiertas porque está todo el mundo en misa, hasta las 9 que terminan los sermones y la gente vuelve a salir y llenar calles, restaurantes y bares.

Al final volvemos al baile, ya no a clase, y nos echamos unas salsas y unas bachatas con un grupo pequeño de gente muy rara, pero bueno, algo es algo. Al final me meten en un taxi y me dicen que lo de los jeepneys es para filipinos, que los extranjeros no los usan porque no los entienden (no sé por qué, con lo fácil que es), y que de hecho lo suyo es que me compre una moto, como tienen ellos, porque si no la movilidad va a ser complicada. Apunto esto en mi lista de cosas en las que pensar y de momento introduzco el taxi como método de vuelta a casa en la noche, a ver cómo va.

Y bueno, en estas estamos, entre gente que me mira, que me vuelve a llamar ma’am, que hace mucho ruido y a la que no entiendo, pero descubriendo cosas nuevas y buscando un hueco en el que hacer mi vida.


Hoy he vuelto a la universidad, pero de ese surrealismo os hablo mañana. También he ido al supermercado, en el que ya había estado antes, pero en hora punta, y como la gente me mira e intimida y además me llamaron los del frigo no me dio tiempo a nada, así que hoy he recorrido pasillos interminables de cosas que no entiendo y de otras que sí. Me han intentado engañar con algo que se llama “choriso” pero que todos sabemos que no es lo que a mí me gustaría, he podido leer unas mil etiquetas de latas diferentes (parece ser que es el método de conserva definitivo) y me he dejado llevar por alimentos que no tenían sentido. Como aún no tengo casa he comprado solo lo que me parecía a mí que me iba a ser útil para la supervivencia, así que cuando empiece a comprar y probar cosas locas, seréis los primeros en saberlo. Hasta entonces, sigo bien y me alimento como puedo, no se me preocupen, mientras siga escribiendo es que no he llegado a la inanición… 

Sardinas españolas con aceite de maíz, que a ver quién ha usado aceite de maíz en la vida en España...

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De cómo he llegado viva a Filipinas y más

Gente, esto es como la India.

He pensado mucho en cómo empezar, en cómo explicaros por qué vuelvo a estar aquí, detrás de una pantalla y un teclado, si contaros que esto es el caos, la desorganización, el ruido, la suciedad y el estrés, si deciros que llevo tres días y me han pasado más cosas de las que puedo recordar, y… eh, un momento, esto ya lo había escrito antes… ¡esto ya me ha pasado! Sí, esto es la India. Ya está, nada más que decir, volved a releerme desde el principio y sabréis cómo estoy.

No, venga, va, no me voy a poner a exagerar y no quiero crear dramas. Al fin y al cabo, han pasado cinco (ohmygod, cinco) años y soy más feliz, más fuerte, más atrevida y más experimentada que antes. Así que esto podrá ser como la India, pero no va a superarme. Es más, os lo voy a contar todo para que veáis cómo no solo no me supera, si no que me voy a comer las Filipinas con patatas. Ea.

Empezaré por el principio, y me voy a dejar mil cosas en el tintero, pero las recuperaré con el tiempo, esto no va a acabar aquí.

El principio coincide, claramente, con el final de mi etapa anterior. Dejé Tailandia sin haber dormido y con toda la pena que puede una tener después de tres años fantásticos de felicidad, armonía, facilidad y amistades preciosas (de esto, de todo lo que le debo a Tailandia, también os hablo otro día).

Y los problemas empezaron, si no habían empezado antes ya, en el aeropuerto. Porque por muy español que seas, y por mucho que te creas viajando allí a las colonias, que son tuyas por derecho de sangre, a ellos no les parece oportuno que vayas tú a trabajar, y no, no te van a dar un visado. Así que una, que va de guay porque tiene un lectorado, viajaba con un pasaporte de servicio, que es el pasaporte oficial que te dan cuando molas y quieres pasar fronteras sin que nadie te pregunte. Pero llámalo filipinos o llámalo tailandeses (el concurso al espabilado del año lo hacemos en otra ocasión, también, si queréis), allí en el aeropuerto nadie había visto el documento azul en la vida, y que yo de allí no salía sin un vuelito de escape del país. Uno. El que fuera. Que tuve que comprar como en las pelis pero con más mala leche, a una hora del despegue y con unos franceses delante en la cola intentando que los de AirAsia les devolvieran noséqué dinero de noséqué retraso, ja, ja, ja, novatos. Cartera en mano: “dame el vuelo más barato que tengas, el día más barato, al destino más barato, de aquí a un mes”. “¿Qué día?” “No me importa” “¿A Kuala Lumpur está bien?” “O a la Conchinchina, me da igual” “Prefiere el de las 3 o el de las 7” “Señora, no voy a coger ese vuelo, ya se lo he explicado” “De acuerdo, le repito la información: suvuelosaldráeld” “Señoraaaa, que voy tarde, por Buda...”.

Llegué al avión en tiempo récord, con mucho más equipaje del permitido (y una mochila que se me rompió corriendo por el aeropuerto, como digo, muy de película) y un humor fantástico. Tres horas después estaba en Manila, taxi y al hotel.

Amanece Manila al día siguiente y, oh, sorpresa, me habían contestado de la embajada, por fin, que sí, que me pase por la mañana por allí. El nivel de estrés que esto me ha supuesto solo lo conocen mis allegados, y lo de plantarme en un país sin que nadie me haya dado señales de vida antes no lo voy a entender ni yo, pero ahí vamos.

Así que voy caminando apaciblemente por la ciudad, que en vez de tener pasos por encima de la carretera, como en Bangkok, los tiene por debajo, que da bastante más miedo, pero los tienen muy decorados y muy bonicos. Y consigo reunirme con una filipina encantadora que me habla de la sorpresa general ante mi llegada (no sé si me creeréis, pero juro haber mandado tropecientos emails antes de aparecer, si hubiera sido adrede me hubiera informado de cuándo era su cumpleaños), me arregla algunos papeles, me da algunos contactos, y me manda a pasear hasta la tarde. Que es cuando consigo reunirme con una de las personas que se encarga de mí, y me reitera que no sabían nada de mi llegada, y además está enfadado porque nadie se lo ha contado, porque nadie ha arreglado nada de mi estancia, porque no han ido a buscarme al aeropuerto, porque no sé nada de la universidad, porque no me contestan a los emails, porque hace calor, porque tiene una inauguración de una exposición luego. Está muy enfadado en general pero es muy majo, hablamos de proyectos, de vida, de todo lo que depositan en mí, las cosas. Y esto me tranquiliza bastante, no lo puedo negar, alguien sabe que existo y eso es bonito.

El final del día va bien, porque me acogen los becarios de la embajada y un compañero lector y me voy con ellos de cervezas, que todo el mundo sabe que se arregla muy bien la jornada así. Y, oh, casualidades de la vida, en el restaurante nos encontramos con su vecina, una americana que estuvo viviendo un año en Cebu y que vuela al día siguiente para allá, como yo, y ha quedado con sus amigos de allí para tomar algo y “por supuesto, vente, te dejo mi número”.

Al día siguiente me fui a inscribir en la embajada, pero con mi pasaporte de gente que se mola no te dejan hacer el chanchullo, así que me obligaron a ser registrada como residente. Me han quitado la ciudadanía charra. Mis raíces. Mi vida. Voy a tener que cambiar el hornazo por el arroz. Matadme. (Leed este último párrafo así como con tono dramático y desesperado. Que ya sé que luego te puedes cambiar otra vez, pero es mi momento).

Después de esto, y por el cargo de conciencia que he creado, me llevan en coche al aeropuerto. Y todo es bonito. Hasta que me dicen que no es esa la terminal en la que tengo que estar. Y que para ir a otra hay que coger un bus que recorre media ciudad. Y no sé si alguien os ha contado algo del tráfico de Manila, no sé, googleadlo.

Así que tardo una hora desde mi supuesta feliz llegada al aeropuerto hasta la real. Calculad todos que yo había calculado las horas como cualquier persona normal lo hubiera hecho. Vamos, que no iba con una hora de antelación a la antelación con la que te adelantas normalmente. Que perdía el vuelo, vaya. Así que llegué corriendo, facturación cerrada, la mochila abierta, déjenme pasar (mi vida es una película, pero de las malas) y no, llevas sobrepeso por todos lados, qué me va a contar a mí, señora, es que me mudo, a mí no me cuentes tu vida, paga. Bueno, no me arruiné, pero mi dignidad se vio un poco afectada. Sobrepesos. A mí. Que he colado kilos en todas las compañías del mundo. Que si lo sé cuelo la maleta de 35 kilos como equipaje de mano. Esto no, a mí así no.

Bueno, que entré. Y que no llegué tarde, no. No, porque el vuelo se había retrasado una hora. Hasta me dio tiempo a comer. Porque luego lo retrasaron otra hora, hasta me pude comer un donuts. Y ya embarcamos. Y dentro del avión, ya todos sentados, se retrasó una hora más. Porque sí, me lo habían dicho y no quise creerles. Los vuelos en Filipinas nunca salen a la hora. Ni a las dos horas, por lo que se ve.

Al aeropuerto en Cebú sí me vinieron a buscar. Me habían alojado ellos en un hotel, cerquita de la universidad. Modesto, me dijeron. La traducción literal es que tiene cucarachas y que las toallas tienen agujeros. Que no te dan papel higiénico. Que jamás lo hubieras elegido tú, de haberlo buscado. Pero una se adapta a todo y oye, con que haya wifi vamos tirando.

Y al día siguiente, para no andar perdiendo tiempo, a la universidad. Un lugar curioso, la universidad. Bueno, curiosa la gente, porque soy la primera y única guiri de la zona, y me miran que dan ganas de extender un brazo y decir: “toca, toca, ¡que soy de verdad!” Y soy presentada oficialmente ante gente que ya no sé cómo se llama, y me prometen que me van a hacer papeles, que a lo mejor me pagan, que esta va a ser tu mesa pero que como vamos a estar todos aquí hablando igual te vas a volver loca y entonces te subes a este despacho solo para ti, que este es el decano, este el secretario, este el jefe de noséqué, esta la profe de nosécuál. Así, muchas cosas.

Y a partir de aquí no diferencio los momentos. Expongo mi necesidad de salir del hotel de lujo e irme a vivir a un sitio. Ponen al cargo al otro profesor de español (el único que habla el idioma, por lo que se ve… esto me intriga, dado que hay como otros cinco profes) que se convierte en mi sombra, y hemos estado desde entonces en búsqueda y captura. Primero nos ayudó una chica que se va a vivir a Ávila, después la profesora de chino, que como tiene raíces también tiene negocios, y nos enseña los pisos que alquila para sacarse unas pelas extra, que son cuchitriles en los que quiero morir, pero ella muy correcta me explica dónde puedo sacar dinero, comer e ir a la iglesia cerca. Sí, me ha explicado dónde ir a la iglesia, porque hay que ir a la iglesia, porque la gente va a la iglesia. Y no he podido decirle que es que yo no tenía intención de ir. ¡No he podido!

Así que seguimos buscando. Y la mejor opción es alquilar un piso sin muebles y comprarlos. Sin muebles nivel no tener aire acondicionado pero sí el agujero para ponerlo en la pared, que o lo cierras con plásticos o tienes una ventana extra, que da a la calle, ventilación sí o sí (ideal para monzones y tifones, supongo).

Os voy a ahorrar mucho tiempo, que además ya me estoy enrollando, y me salto a la parte en la que he encontrado un sitio con al menos cama, armario y aire acondicionado. Ya he comprado lo típico de la supervivencia (que esta vez incluye sábanas y fregona, ¿veis cómo he mejorado?) y hoy os estoy escribiendo desde el piso de enfrente, porque en el mío no va la ducha y ya cuando me la arreglen me cambio. Dos días, me han dicho [risas en lata, aquí]. Permanezcan atentos a sus pantallas.

Por lo demás, es un piso enano, en el que no voy a poder alojaros (pero, spoiler, tampoco vais a querer venir a verme aquí), pero me sirve para dormir y vivir de momento, y está en una zona tranquila, con guardias en las entradas, con un supermercado cerca en el que la gente me mira MUCHO cuando compro cosas, y un sitio para hacer zumba.

Y el dato que os va a gustar lo dejo para el final. El agente del piso se llama Carlos, de apellido Antonio, y su abuelo es español. Quiere que montemos un negocio de clases en la zona común del edificio, que está formada por varias salas, una de las cuales es un karaoke. El dueño del piso, sin embargo, tiene antecedentes americanos y vive en la casa de al lado de mi edificio, pero su suegra, que vive con él, está aprendiendo español porque ve las telenovelas en la televisión por cable y está deseando conocerme. No creo que tarde mucho en pasarse por aquí.

Tengo muchísimas cosas más que contaros, pero muchísimas, de la vida, historia y costumbres filipinas. Y fotos, que soy consciente de que no os lo he dado todo. Pero hoy no quiero aburrir más. Este es un resumido informe de lo que no he podido ir contándoos a todos los que me habéis preguntado de uno en uno porque el internet escasea y he pateado hasta la infinidad estos días, sin tiempo para escribir, guasapear, emailear u otras maneras de contactar.

Así que vuelvo a este medio de comunicación, completamente voluntario y sin compromiso, para haceros llegar mis aventuras, que calculo que no van a ser pocas, e informaros de lo bueno y lo malo que tenga que venir.

¿Sensaciones hasta la fecha? Estoy bien, no pletórica, no rebosante de felicidad y energía, pero bien. No hay de qué preocuparse. Es viernes por la noche y os estoy escribiendo para no subirme por las paredes pensando en que debería estar bailando salsa como cada viernes de mi anterior vida, pero todo cambiará, todo irá como debe ir, y aún es pronto para dramas.

Gracias a todos los que habéis preguntado, perdón por no haber podido contactar más, y a partir de ahora, por aquí nos vemos.


Más y mejor, pronto.



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